García García: LÓPEZ CASTRILLÓN, Rosendo María: Las nueve vidas de la casa de La Fuente de Riodecoba. Libro de memoria de una casa campesina de Asturias (1550-‍1864). Edición y estudio preliminar de Juaco López Álvarez (Gijón, Muséu del Pueblu d’Asturies, 2018), 442 pp.

La edición de la obra Las nueve vidas de la casa de la Fuente de Riodecoba es el resultado de una larga y minuciosa investigación realizada por Juaco López, director del Museo del Pueblo de Asturias, sobre los excepcionales escritos del campesino asturiano Rosendo María López Castrillón. En ellos se relata el pasado —desde sus orígenes a mediados del siglo XVI— y el presente —hasta la segunda mitad del siglo XIX— de su casa familiar, situada en Riodecoba, una pequeña aldea perteneciente actualmente al concejo de Illano, en el occidente de Asturias. Partiendo de la existencia de dos libretas escritas por López Castrillón, y entregadas al Museo Etnográfico de Grandas de Salime por una vecina del concejo de Allande, Juaco López realiza una investigación de archivo y campo en toda regla, primero para localizar los manuscritos de López Castrillón en las casas de sus descendientes, y después para ordenarlos, analizar su contenido, contextualizar los textos y publicarlos.

La edición incluye un excelente estudio preliminar, los relatos sobre las vidas de los nueve primogénitos de la casa de La Fuente, y cinco apéndices en los que se recogen algunos documentos relacionados con los escritos de López Castrillón. Especialmente novedoso y de gran interés es el primero de ellos dedicado a la biblioteca particular de López Castrillón, con un listado de los 34 títulos que se conservan de los 120 que la conformaban. Al lado de algunos de ellos aparecen comentarios reafirmando la propiedad del libro y dando cuenta de la forma como se adquirió. Las nueve vidas se cierra con un glosario de los términos del gallego-asturiano que se habla en el occidente de Asturias, y de los pesos, medidas y monedas a los que se va refiriendo el autor en sus relatos. La edición se completa con las correspondientes notas aclaratorias de los textos a pie de página y con una buena colección de fotografía en las que se visualizan algunos de los manuscritos y de los lugares y referentes que aparecen en los textos de López Castrillón.

La riqueza del estudio preliminar de Juaco López se aprecia aún más si se le vuelve a leer tras la lectura de Las nueve vidas y sus anexos. En él se comienza poniendo en valor los libros de memorias en el mundo rural. Se trata de escritos en los que se anotaban asuntos relativos a la vida y administración de las casas y que, como allí se señala, no siempre recibieron la atención que se merecen por parte de los investigadores. En el caso de los antropólogos esta desconsideración proviene de dos hechos que, sin duda, tienen que ser revisados: el presencialismo implícito en las técnicas de los trabajos de campo, y el escaso interés que se suele atribuir a una buena parte de las singulares contingencias domésticas que se reseñan habitualmente en este tipo de memorias. El presencialismo puede llevarnos a trabajar en un contexto explicativo distorsionado, a la hora de dar cuenta de los fenómenos institucionales de los que nos ocupamos. En el caso de la familia troncal, estandarizada como forma preferente de organización doméstica en una buena parte del norte de España, es necesario ir más allá de la observación y de los discursos de los informantes para clarificar si la escasa presencia actual de este tipo de familia, en muchas de estas zonas, se debe a los cambios sociales y económicos de los tiempos modernos, o a motivos más estructurales vigentes también en el pasado. Respecto al segundo punto —el escaso interés que se suele prestar a este tipo de memorias campesinas cuando, incluso sin buscarlas, nos las encontramos en las zonas que estudiamos—, los escritos de López Castrillón nos obligan a una ineludible rectificación. Juaco López hace una relación de algunas de las memorias domésticas más relevantes en el occidente de Asturias y la edición de Las nueve vidas señala un camino que queda abierto para los científicos sociales que quieran adentrarse en este mundo tan poco trabajado. En el «Estudio preliminar» se da también una visión muy sólida e integrada del contenido de Las nueve vidas: se reseñan minuciosamente los escritos de López Castrillón y se explica la forma como se han estructurado en su edición; se traza un retrato detallado de este campesino asturiano como mayorazgo de una familia troncal y miembro de la sociedad y de la época en la que vive, y se realiza un documentado análisis del entorno territorial y de las relaciones vecinales de la Casa de la Fuente de Riodecoba.

Rosendo María López Castrillón es un claro exponente de las singularidades y diferencias individuales que coexisten en el interior mismo de las comunidades rurales. Sorprende, con frecuencia, la facilidad con que los campesinos quedan estereotipados, y en consecuencia difuminados, bajo el potente descriptor de lo rural. Y si a esta denominación se le añade una delimitación temporal, y se habla de los campesinos de uno u otro siglo, la anulación de las individualidades es todavía mayor. López Castrillón fue un campesino dedicado intensamente al sostenimiento de su casa, pero profundamente interesado por incrementar sus conocimientos e intervenir en la vida social de su entorno. Él mismo, en la vida novena, nos habla de sí mismo en tercera persona y sin inhibición alguna: «aunque vivo de genio, fue muy político, caritativo, y estimado de los buenos, muy aplicado, trabajador, adquiridor, sabio, histórico, y apartado de vicios». Era un gran lector, y «con los libros suyos y emprestados sabía cuánto había pasado en el mundo». En la vida octava, cuando habla de su hermano preferido, Juan Antonio, estudiante y muerto con 23 años, dice, refiriéndose a sus relaciones con él, que «era uno de los que más se unía con su hermano Rosendo [es decir, con él mismo] y en todo tiempo y aún de noche, desde las camas, estaban disputando Artes y Ciencias Morales y Filosofías después que fue estudiante, y así llevaban vida divertida y ambos aprendían cada uno con el otro, pues el uno era buen histórico y literato, y el otro buen estudiante».

Sabemos por los textos académicos que en las familias troncales el primogénito, como administrador de lo heredado, realiza todas las tareas que le corresponden para el sostenimiento de la propiedad: trabaja el campo, cuida el ganado, repara y repone herramientas, compra y vende bienes y tierras, dirige y controla las relaciones con el resto de los grupos domésticos, es decir, se dedica a todas la tareas administrativas, sociales y económicas de su grupo familiar. De todo ello y de cómo lo realiza habla López Castrillón cuando escribe sobre su casa de Riodecoba, pero, aparte de estas tareas habituales en las familias troncales, asumió como una más de sus obligaciones la de investigar el pasado de su grupo familiar, utilizando para ello datos recogidos en los archivos parroquiales y municipales de la zona, y recurriendo, en la medida de lo posible, a una tradición oral que depuraba, en ocasiones, contrastándola con los datos más objetivables de los archivos. Las nueve vidas son en realidad mucha más, pues en cada una de ellas, además de la vida del heredero, aparecen notas biográficas, más o menos extensas, de los no primogénitos de la casa, desde 1550 a 1864. Las nueve vidas aportan materiales relevantes para ahondar en la temática de las peculiaridades individuales de los campesinos en el mundo rural. En muchas ocasiones estas contingencias afectan incluso a los aspectos institucionales de la casa. Su bisabuela, en la vida sexta, era «aplicada, trabajadora y ligera», su abuelo, en la octava, en tiempos de su segunda mujer era «vanidoso, deshonesto y muy gastador», su padre, «viéndose corrido por su madrasta… se escapó de noche a Madrid» sin avisar a nadie y estuvo allí diez años, y su madre «de genio muy vivo y dominante» competía con su suegra por mandar y gobernar todo, y por ello «muchas veces traían a sus maridos revueltos».

No solo por las abundantes consideraciones sobre las peculiaridades de los componentes de la casa, sino también por la forma como se relata la vida cotidiana de la institución, Las nueve vidas de la Casa de La Fuente de Ríodecoba es una importante contribución al conocimiento de la familia troncal. Normalmente lo que sabemos sobre ella lo hemos aprendido desde fuera, bien observando en el campo los aspectos que nos parecían relevantes, o escuchando las respuestas de nuestros informantes campesinos a nuestras preguntas; pero es la primera vez que un campesino asturiano nos da cuenta, desde dentro y sin que ningún académico le haya preguntado por ello, del funcionamiento pasado y presente de esta forma de organización doméstica. Esta espontaneidad en el contenido de la narración nos permite entrar de forma segura en la estructura del modelo cognitivo que maneja un campesino primogénito sobre su propia casa familiar. Los resultados de las investigaciones académicas sobre los temas que tocamos quedan bastante constreñidos por los objetivos marcados por el investigador y, en el mejor de los casos, por las elucubraciones emergentes de un proceso de pseudoparticipación en el campo. La riqueza de Las nueve vidas proviene de la naturaleza de los datos producidos desde la vida misma. El estudio de la institución que hace López Castrillón parte de las prácticas ejecutadas por sus protagonistas. Este hecho desborda las dimensiones de los descriptores que suelen aparecer en los textos académicos.

Las nueve vidas reproduce la historia de la casa del La Fuente a través de los nueve herederos que la dirigieron durante tres siglos. Es interesante observar la forma en la que cada una de las vidas está contada. Según nos alejamos en el tiempo, los detalles considerados en las descripciones de la casa varían de forma notable. Las primeras vidas relatadas son mucho más esquemáticas y menos ricas en contenido, como no podía ser de otra manera por la dificultad de recopilar los datos con los que se construyeron, pero posiblemente, y por ello mismo, el esquematismo con el que se tratan es muy relevante para entrar en la estructura de lo que, según la mentalidad campesina, es una familia troncal. Al proyectar la investigación sobre su casa, López Castrillón cumple, dentro de lo posible, con los objetivos definidos desde su propio modelo cognitivo de organización doméstica. Sabemos lo que buscaba, aunque no siempre diese con ello. No son pocas las veces en las que lamenta no poder encontrar información sobre escrituras matrimoniales, testamentos, filiaciones u otros datos útiles para dar cuenta de las organizaciones familiares. Quedan así bien marcadas las ausencias de datos, unas veces por falta de ellos y otras por el mal hacer de los responsables de «sentar las partidas» o «foliar los libros». Tampoco ayudaba mucho la ignorancia de la gente en aquellos tiempos pues «los hijos ponían el apellido de sus padres y las hijas el de sus madres, y otras veces sin saber por qué ni para qué ponían otros a su antojo». Estas quejas y ausencias de datos resultan muy elocuentes para entrar en el modelo mismo de familia troncal que guía las investigaciones de López Castrillón.

La primera vida, de Pedro Cabral el Viejo, es bastante breve e insiste en los vínculos parentales de sus moradores, casi los que justificarían la clasificación académica de la casa dentro de las familias troncales, pero con algunas matizaciones. Por lo que se nos cuenta no fue este Pedro el primero que vivió en la casa de la Fuente, sino su nieto, al que se le dedica la vida tercera. El iniciador del linaje se casó dos veces y tuvo ocho hijos. El continuador de la casa, según el orden de las nueve vidas, no fue el hijo mayor de la primera mujer, sino el primer hijo varón de la segunda. Sin embargo, a la muerte de Pedro Cabral, su viuda dejó el tercio y quinto a sus dos hijos varones a partes iguales. López Castrillón relata que «los descendientes de este Pedro fueron vendiendo a los Mayorazgos de Herías y otros todo cuanto tenían», hasta el vínculo que heredaran de su madre. En la vida tercera el posible fundador de la casa de La Fuente solo tiene hijas y una de ellas, la mayor, se casa en la casa, aunque su madre «no hizo testamento, por no tener de qué, que era pobre». El protagonista de la vida quinta hereda también siendo hijo de la segunda mujer de su padre, a pesar de que este con la primera había tenido ya un hijo varón: es la segunda esposa, la que tras unos veinte años de viudedad hace manda de la casa a favor de su hijo. Por el contrario, el padre de López Castrillón, heredero de la casa, es hijo de la primera y no de la segunda mujer de su abuelo. Respecto a los no primogénitos el relato de sus vidas aparece siempre en la vida de sus padres. El caso de López Castrillón es distinto: tiene cinco hermanos y, en la vida octava se narra solo la de los tres que abandonaron la casa, dejando fuera la de los otros dos que siguieron solteros viviendo en su casa de La Fuente. Estas asimetrías entre residencia y formas de herencia y entre matrimonio doble y primogenitura tienen interés en la medida en que nos muestran claramente que la idea real de la familia troncal, en la mente del nativo López Castrillón, se ajusta de una forma bastante flexible a las eventualidades de su ejecución pragmática. Esta circunstancialidad de la institución familiar nos permiten comprenderla como resultado de un buen número de contingencias que explican no solo que la familia sea de una forma o de otra, sino que en cada una de sus modalidades se configure en consonancia con las exigencias particulares que la determinan. El modelo de familia troncal que maneja el campesino López Castrillón en Las nueve vidas, nos indica claramente que todas las variantes de su realización son igualmente normales.

Sin duda alguna, la novena vida, la del autor de todas las demás, con sus ocho anexos, es especialmente significativa para comprender con profundidad el significado de la familia troncal no solo para el mayorazgo, sino también para cada uno de sus miembros. Cuando definimos las instituciones de una determinada comunidad, como por ejemplo la familia troncal de la que nos habla López Castrillón, se corre el peligro de generalizar su existencia y sus formas, como si su realización estuviera encadenada a una normatividad ineludible. La diferencia entre normalidad y normatividad no ha sido siempre bien entendida, sobre todo cuando se tratan de definir de una forma precisa y bien diferenciada las formas culturales de organización social. Las variedades y contingencias individuales pueden hacer que en zonas de familia troncal una buena parte de las familias no lo sean, que aquellas que lo son no siempre se ajusten a las previsiones de su definición e incluso que, cuando se ajustan, lo hagan diferenciándose de otras similares. En Las nueve vidas se habla directamente de una casa troncal, pero se describen situaciones humanas y sociales suficientes —tanto en la misma casa a lo largo del tiempo como en sus relaciones con otras casas de la zona— para poder vislumbrar las contingencias que explican su forma de realización. Incluso el final de la casa de La Fuente, como familia troncal, no se libra de esta circunstancialidad. Juaco López, reconstruye sus momentos finales. López Castrillón no hizo testamento pero, en sus últimas voluntades ante el párroco que le atendió al final de su vida, hizo mejora a favor de su hijo primogénito. Por circunstancias de la vida, tras la muerte de su viuda la casa de La Fuente acabó dividiéndose entre las dos hermanas supervivientes en aquel momento. Otra asimetría eventual que forma parte de la normalidad de este tipo de organización doméstica.



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