Diz: ESTALELLA, Adolfo y Tomás SÁNCHEZ CRIADO (eds.): Experimental Collaborations: Ethnography through Fieldwork Devices (Nueva York: Berghahn Books, 2018), 217 pp.

Toda tradición se (re)inventa. Es más, es imposible mantener la tradición sin reimaginarla y reinventarla constantemente. Este libro es una invitación a repensar nuestros repertorios metodológicos, un ejercicio de (re)imaginación etnográfica. Un inventario pero no un recetario; un inventario contemporáneo de las formas (múltiples y complejas) en que desde la antropología nos relacionamos con la producción de conocimientos. Una preocupación que los editores de este volumen vienen sosteniendo en los últimos años ( ‍Sánchez Criado, Tomás y Adolfo Estalella. 2016. «Antropocefa: un kit para las colaboraciones experimentales en la práctica etnográfica». Cadernos de Arte e Antropologia 5(1): 99-‍111.Sánchez Criado y Estalella 2016), también en un contexto local y discutido en esta revista (ibid.), que atraviesa su trabajo en el Collaboratory for Ethnographic Experimentation (#colleex) y que les ha llevado a aglutinar en esta obra un conjunto de investigaciones –desarrolladas en Europa y por gente joven– que se ensamblan en un valiente ejercicio de reconsideración de lo que es posible y aceptable (aquí y ahora) en la práctica etnográfica. Investigaciones jóvenes y dispares que ponen en valor justamente esa condición inexperta, dilemática, inocente, experimental… y al mismo tiempo vigorosa.

El relato colectivo que articula esta obra nos obliga a reconsiderar la forma y norma del trabajo de campo. Para ello, Estalella y Sánchez Criado dialogan con los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, que desde hace tiempo investigan cómo se produce y organiza el saber científico. Ambos autores abren el paraguas conceptual de las colaboraciones experimentales para producir un espacio de encuentro y discusión de esas formas otras de hacer antropología. Y lo hacen al compás de una época en la que el giro colaborativo y el ethos experimental se manifiestan en múltiples campos ( ‍Holmes, Douglas y George E. Marcus. 2008. «Collaboration Today and the Re-Imagination of the Classic Scene of Fieldwork Encounter». Collaborative Anthropologies 1(1): 81-‍101.Holmes y Marcus 2008), extendiéndose por doquier (museos, empresas, universidades, comunidades activistas, colectivos de artistas…), y en la que los tropos de la colaboración y la experimentación se han vuelto keywords o categorías fetiche, como advierte George Marcus en su prólogo a esta obra; categorías envueltas en optimismo, colectivismo y esperanza, y rodeadas del mantra de la creatividad y la innovación, pero que no han de hacernos olvidar cómo lo colaborativo está siendo capturado y resignificado por el neoliberalismo, por ejemplo con la economía colaborativa, que enmascara eufemísticamente condiciones flagrantes de precariedad.

Es en este contexto en que hablar de colaboraciones experimentales supone un ejercicio audaz y necesario para repensar (y actualizar) metodológicamente la disciplina, si bien arrastra consigo significados e implicaciones ambiguas. De hecho, como señala Sarah Pink en el epílogo, las acciones de colaborar y experimentar no siempre han sido vistas positivamente, por ejemplo en la guerra; allí, ser un colaborador equivalía a ser un traidor. Aquí, el grado de sorpresa, inestabilidad e incertidumbre que todo experimento conlleva nos aleja de aquella idea de experimentar con otros (si acaso lo son) y nos invita a experimentar/nos junto a otros, experimentando sobre nuestra disciplina y nuestro tiempo en común. Así, repensar la tradición sí que implica traicionarla, pero traición y tradición han de ser vistas con otra mirada: traicionar el canon clásico del trabajo de campo para explorar —a la luz de lo contemporáneo— más allá de sus límites, y extender así la potencia y el alcance de la etnografía; traicionar la tradición para fortalecerla y reconocerle así su valor; serle infieles por fidelidad.

Sin embargo, como los editores reconocen, nada de esto es tan nuevo. Cómo olvidar el giro reflexivo y el momento experimental de los ochenta ( ‍Clifford, James y George E. Marcus. 1986. Writing Culture. The Poetics and Politics of Ethnography. Berkeley: University of California Press.Clifford y Marcus 1986;  ‍Marcus, George E. y Marcus Fischer. 2000. La antropología como crítica cultural. Un momento experimental en las ciencias humanas. Buenos Aires: Amorrortu.Marcus y Fischer 2000); el propio Marcus, en este volumen, evoca aquel Writing Culture e indica que estas Experimental Collaborations traen de vuelta aquel espíritu innovador, enfocado ahora más en el trabajo de campo que en la escritura, representación y autoridad etnográfica. A su vez, la colaboración siempre ha existido en antropología, aunque nunca había sido interrogada con tanta profundidad. Estalella y Sánchez Criado la sistematizan y organizan en tres modos de colaboración: el primero se refiere a la fórmula clásica del trabajo de campo, orientada a la producción de información y que hoy nos hace ver que siempre hemos dependido de otros para producir conocimiento (informantes, acompañantes, traductores…), que despliega un repertorio jerárquico basado en el distanciamiento, las relaciones asimétricas y el extractivismo epistemológico; el segundo pone el acento en el compromiso ético y está al servicio de una causa, por ejemplo en la antropología militante o en la antropología pública, bien colaborando en el terreno de manera más horizontal junto a compañeros, bien haciéndolo en el espacio de la representación al co-producir textos dialógicamente, pero siendo la antropóloga quien diseña de antemano la investigación; el tercero sería el que engloba las contribuciones a esta obra, un modo que integra la colaboración en el diseño y la metodología de trabajo, alumbrando —en compañía— procesos de intervención social y material que convierten el campo en un sitio de colaboración para el conocimiento: «Sería una forma de participar en exploraciones epistémicas conjuntas con quienes antes se describían como informantes y ahora se reconfiguran como socios epistémicos» (p. 10).

Ester tercer modo de colaboración implica rehacer las relaciones con los sujetos de estudio: del informante al socio o contraparte. Implica colectivizar los saberes y su producción, frente a investigaciones más solitarias. E implica (re)conocer a esos sujetos como productores de saberes y a sus comunidades como comunidades epistémicas; el campo sería así una red de para-sitios, lugares donde los sujetos realizan prácticas para-etnográficas, pues también problematizan su vida en común, usando términos similares a los nuestros ( ‍Holmes, Douglas y George E. Marcus. 2008. «Collaboration Today and the Re-Imagination of the Classic Scene of Fieldwork Encounter». Collaborative Anthropologies 1(1): 81-‍101.Holmes y Marcus 2008). Así, este tercer modo replantea la relacionalidad como colaboración más que participación, ensayando la producción de conocimientos por experimentación más que por observación; empero, la experimentación no siempre sustituye a la observación-participante: ambas se combinan y renegocian según las circunstancias. Para encauzar estas colaboraciones junto a comunidades que priman la investigación y la reflexividad, Estalella y Sánchez Criado animan a co-producir «dispositivos» en el trabajo de campo (fieldwork devices); dispositivos que en este volumen emergen de la complicidad de las antropólogas —en su mayoría mujeres— con sus contrapartes, y que son buenos para narrar las condiciones sociales y materiales necesarias para la co-producción de conocimientos.

Una colaboración no exenta de tensiones, como indica Emma Garnett en su capítulo, donde narra la creación interdisciplinar de dispositivos para medir la contaminación del aire en un proyecto de salud pública, en el que participan científicos de distintas ramas; tensiones, dilemas y dudas, como las que recorren el trabajo de Maria Schiller entre funcionarios, muchos con estudios universitarios en ciencias sociales, que manejaban iguales conceptos y capacidades y le devolvían las preguntas en las entrevistas, en una «experiencia ambivalente». Una colaboración experimentada a veces en movimiento, por ejemplo en la aportación de Anna Lisa Ramella, cuyo fieldwork on the road seguía la gira de una banda californiana, negociando los ritmos de la etnografía con el ritmo del grupo y hallando en su videocámara un dispositivo con el que documentar los viajes y sentirse reconocida por los músicos, que no se tomaban en serio sus técnicas convencionales (anotaciones, observaciones). Etnografías (más o menos) colaborativas desarrolladas también en empresas de diseño, como el trabajo de Andrea Gaspar, que debía precisamente rediseñar su metodología a sabiendas de que su investigación se sostenía sobre las fricciones que eran producto de epistemes encontradas. Y etnografías donde el fieldwork es reimaginado como interfaz —ambigua, pues une a la vez que separa—, como en el estudio de Karen Waltorp sobre el control social de los migrantes en Copenhague, donde diseñó un proyecto de foto-diario participativo que se convirtió en una exhibición colaborativa, y donde la observación participante se llevó a cabo vía smartphone y videocámara, pues las tecnologías eran parte del objeto de estudio y de la metodología.

Por tanto, más que un método unificado, estas colaboraciones se caracterizan por una diversidad que evidencia múltiples estilos experimentales. Lo decía antes: este volumen dispone un inventario, no un recetario; sugiere e invita, pero no impone ningún paradigma. Cada aportación es tentativa, ambiciosa pero insegura; pruebas de ensayo y error como las de Alexandra Kasatkina, Zinaida Vasilyeva y Roman Khandozhko, cuya investigación en Obninsk –ciudad de la ciencia construida como parte del programa nuclear soviético– las hacía negociar con sus interlocutores (científicos e ingenieros) para conseguir su autorización de cara a hacer públicas en Internet sus entrevistas, lo que les exigía desafiar su cultura del secreto e incorporar estrategias de colaboración no previstas. O véase el capítulo de Tomasz Rakowski, donde rastrea la creatividad en aldeas polacas y sus materializaciones en la autoconstrucción de dispositivos y cacharros cotidianos, planteando la colaboración como un encuentro entre artistas y etnógrafos no exento de tensión ética. Y también el capítulo de Isaac Marrero-Guillamón, donde explora de nuevo las relaciones entre artistas y académicos; un trabajo que repiensa la etnografía como una intervención orientada a la co-producción de plataformas públicas: participar como curador en una galería, colaborar en un periódico, contribuir a una exhibición de arquitectura o co-editar un libro que serviría de plataforma para organizar encuentros y charlas serían algunas materializaciones de esta intervención.

En definitiva, este libro constata cómo una nueva generación de investigadores se está esforzando por renovar la etnografía. El tercer modo de colaboración enfatiza la hibridación y circularidad de saberes, ampliando las nociones de «experimento» e «investigación» capturadas por la ciencia. En un momento en que lo político entra en experimentación, en esta obra la experimentación es un momento político, pues la política no solo atraviesa la antropología militante sino que recorre las maneras en que pensamos, sentimos, compartimos y (co)producimos el conocimiento. Pero estas colaboraciones experimentales con artistas, activistas, diseñadores, científicos, ingenieros e instituciones no deben hacernos creer que todos los sitios etnográficos ofrecen las mismas oportunidades para la colaboración, ni que esta es siempre la mejor opción; el trabajo de campo halla su fortaleza en su diversidad, y cada cual elegirá la metodología que considere. En cualquier caso, colaborar requiere negociar las diferencias y replantearse los saberes propios, y nada mejor que eso para hacer avanzar nuestro método y renovar nuestra tradición. Experimental Collaborations es sin duda una contribución relevante que nos invita a reimaginarnos en común, más allá de la observación y la escritura. Si el campo lo hacemos tanto como nos hace, este valioso volumen nos recuerda que mirar atrás es una manera de mirar adelante, y que todo es siempre un (field)work in progress.

BIBLIOGRAFÍA CITADA[Subir]

[1] 

Clifford, James y George E. Marcus. 1986. Writing Culture. The Poetics and Politics of Ethnography. Berkeley: University of California Press.

[2] 

Estalella, Adolfo y Tomás Sánchez Criado. 2016. «Experimentación etnográfica: Infraestructuras de campo y re-aprendizajes de la antropología». Revista de Dialectología y Tradiciones Populares 71(1): 9-‍30.

[3] 

Holmes, Douglas y George E. Marcus. 2008. «Collaboration Today and the Re-Imagination of the Classic Scene of Fieldwork Encounter». Collaborative Anthropologies 1(1): 81-‍101.

[4] 

Marcus, George E. y Marcus Fischer. 2000. La antropología como crítica cultural. Un momento experimental en las ciencias humanas. Buenos Aires: Amorrortu.

[5] 

Sánchez Criado, Tomás y Adolfo Estalella. 2016. «Antropocefa: un kit para las colaboraciones experimentales en la práctica etnográfica». Cadernos de Arte e Antropologia 5(1): 99-‍111.



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